Se pueden cuestionar los concursos, los jurados y los ganadores. Para gustos están hechos los colores y esto de la literatura, aunque sea en pequeñas porciones, tiene mucho de gusto, de sentimiento y nada de objetividad. Confieso que durante un tiempo leí a Lola Sanabria intentando descubrir las "claves" de su éxito en tantos certámenes, buscando una "fórmula secreta", pero poco a poco me fui enganchando entre sus palabras, entre sus historias que dejan un poso a medio camino entre las neuronas y el corazón.
Lola pinta como nadie las relaciones personales y te acerca a situaciones reales en unas pocas líneas tras las que parece que conocieras desde siempre a sus personajes a los que quieres, defiendes u odias, según la intención de su creadora.
Por eso, aunque me llevó a ella su palmarés, me quedé en su casa por lo que realmente importa, sus palabras, a las que después puse sus rizos y su sonrisa, pero esa es otra historia. De momento, os recomiendo hacerle una visita:
Adolfito
Lola pinta como nadie las relaciones personales y te acerca a situaciones reales en unas pocas líneas tras las que parece que conocieras desde siempre a sus personajes a los que quieres, defiendes u odias, según la intención de su creadora.
Por eso, aunque me llevó a ella su palmarés, me quedé en su casa por lo que realmente importa, sus palabras, a las que después puse sus rizos y su sonrisa, pero esa es otra historia. De momento, os recomiendo hacerle una visita:
Lola Sanabria |
Papá es tonto. Mamá lista. Papá siempre dice no. Mamá dice sí. Papá no me da nunca para chuches. Mamá sacó las monedas del bote de Cola Cao. Papá le echó la bronca. Mamá me mima. Amo a mi mamá. Papá no quería comprarme la moto. Odio a mi papá. Mamá me deja ir por la acera. Papá ya no puede impedirlo. Mi mamá lo hizo callar para siempre. Y esos dos, que se aparten si no quieren vérselas con mi mamá. ¡La calle es mía!
Especulador
Suena la campanilla de la tienda. Es él. Me enseña un fajo de billetes. “Me llevo las que quedan”, dice. “No hay más”, le digo. Se oye un ruido sofocado. “¿Seguro?”, insiste. “Segurísimo”, atajo yo, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. Recoge el dinero y sale dando un portazo. Abro la caja de caudales y con el índice y el pulgar las cojo, las levanto y las deposito en las hojas del libro en blanco. Se aparean y multiplican, las palabras.
Aventurero
Superó la tormenta, el ataque del barco pirata y la cuarentena. Cuando estaba a punto de atracar en el puerto, su madre lo llamó para la cena.