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miércoles, 24 de julio de 2013

Carmencita

Desde que tengo memoria, me gusta sentarme junto al fuego en el pequeño tajo que la abuela utilizaba para llegar a los armarios más altos. Ella siempre me regañaba - ¡Niña! Aparta de la lumbre que te vas a achicharrar y a quedar churruscadita como los lechoncillos – Pero después ponía esa sonrisa picarona y me daba unas almendras que sacaba del bolsillo del delantal. ¡La de cosas que cabían en ese trozo de tela descolorida!
El resto nunca me hace caso. Van a lo suyo y no paran de hablar. No me importa. Me encanta escuchar historias. El Manuel, el de la panadería, le tira los tejos a la hija de la Antonia. Pero no de los de verdad, que esos hacen daño, sino bonitos, como las flores, que no dan de comer pero gustan. Eso dice la Dolores, la vecina de enfrente, que falta muchos días porque se pone mala de lo suyo. Ya nadie le pregunta. 
Palabras y puntadas tejen la noche. Pocas veces se hace el silencio y, entonces, se oye el crepitar de la leña quemándose y el viento tras las paredes de piedra. En invierno nieva y todas dejan las almadreñas en la puerta. Faltan las mías. Mamá las guardó cuando me cayó encima aquella teja. Desde entonces no me habla. Yo he dejado de intentarlo. Pero algunas noches, antes de que lleguen las vecinas, ella acerca el tajo al fuego y siento que me deja una caricia en el aire.


Carmencita me ha dado la alegría de quedar en 2º puesto en el II Concurso de Relato Breve "Leonardo Barriada" que organiza la Asociación Félix de Martino de Soto de Sajambre